El tiempo es cíclico y de nuevo se acerca a mí con las ondas de un leve sonido. Hará once años que trabajé en la lectura de Ravelstein, de Saul Bellow. Era el mes de junio y estaba sola, durante quince días no salí de casa y me guiaba por los ritmos solares, sin horarios y con una insoportable sensación de vacío entre las manos. Cuando al año siguiente me fui a vivir a mi casa de la calle Molino de viento coloqué su nombre junto al mío en el buzón:
Abe RavelsteinMarta Rubio Aguilar
Esto creó una gran curiosidad entre los vecinos, que nunca lo veían por la escalera. Entonces la escalera era azul y blanca. Y yo subía hasta el segundo piso. En estos años he tomado café en el Hôtel de Crillon, en el que se alojaba Abe, y he caminado por Le Marais, el barrio judío de París donde nació Juan. Ahora el vacío se acerca envuelto de otras texturas: los tejidos abiertos y una casa apuntalada, un vientre lleno de aire y el número cero. La palabra "cero" proviene de la traducción de su nombre en sánscrito shunya (vacío) al árabe, pero en la India shunya o el vacío era una premisa para la existencia.

